miércoles, 9 de diciembre de 2009

Ustedéeme, tío

Cuando he encontrado este titular, me he tenido que detener a leerlo varias veces, sin entender el "palabro" hasta que no he leído el artículo.

¿Y qué significa? Pues seguro que cuando lo diga quedará clarísimo: "Hábleme de Usted".

Como siempre, pondré el enlace al final, pero antes se me ocurre que no podemos a estas alturas pedir eso cuando tantas veces hemos usado eso de: "Tutéame, hombre (o mujer), que me haces mayor".

Una vez más incidimos en el tema de la educación, porque hemos considerado más de una vez que el respeto no va unido al tratamiento y que se hiere verbalmente con mucha más ironía al decir: "¡Usted es un ignorante, caballero! o como me dijo en una ocasión mi profesor en aquel entonces de Crítica Literaria en la Universidad Autónoma de Madrid, mirándome por encima de sus "medias gafas de cerca" (medias porque ocupaban la mitad del ojo, para así poder mirar fácilmente por encima de ellas): "¿Me va a dar lecciones a mí, señorita?", cuando fui a reclamarle una puntuación en un examen.

Ese aire de superioridad y ese apabullamiento fue lo que intentó evitarse para crear una camaradería entre profesor y alumno, sin que ello menoscabase en el respeto debido al profesor; respeto que, naturalmente, se ganaba por sus propios méritos.

Profesores que poseían el "don" por sí mismos sin necesidad de pronunciarlo, como mi profesor de Latín en el instituto Isabel la Católica, don Víctor, que jugando a las cartas (que contenían preguntas del temario a las que debíamos contestar, incluyendo comodines) y bromeando, me hizo aprender y adorar la asignatura "sine diem", es decir, para siempre.

"Mamaaaaaaaa trae (lo que sea) ! gritaban mis hijos. Y yo contestaba: "Por favor y cuando puedas....".

Creo que , una vez más, el respeto es algo que se gana uno mismo y va más allá de la actitud del hablante (es cuestión de no dejarse apabullar ¿no?).

La del «usted» para los profesores es una batalla perdida por no librada

FRANCISCO GARCÍA PÉREZ

A comienzos de los 70 del pasado siglo, durante un registro que dos policías de la Brigada Político Social llevaban a cabo en mi domicilio, en busca de «propaganda y efectos» de cierto partido clandestino, los funcionarios estuvieron a punto de detener a mi vecino de enfrente, que actuaba como testigo de aquel atropello legal a mi intimidad, por una cuestión protocolaria.
Al levantar el acta con la lista de libros que me robaban al amparo de la ley, los «sociales» anteponían a sus nombres el «don»; pero tanto el mío, por supuesto, como el de mi vecino los escribieron huérfanos de tratamiento alguno.
«Oigan una cosa, ¿por qué ustedes se tratan a sí mismos de "don Fulano" y "don Mengano" en el escrito y a mí, que soy doctor en Farmacia, me llaman "Juan" a secas?», preguntó aquel testigo, voluntario forzoso, al que yo apenas había saludado un par de veces en el rellano.
Todavía veo al poli bueno, sacudiendo la ceniza de su cigarrillo rubio, con el cerebro chisporroteando por tan inusitado atrevimiento, mientras el poli malo componía cara de queda usted detenido. Al cabo del subsiguiente silencio, el primero de los registradores sólo acertó a responder, con cara compungida, como pillado en falta: «Es que es la costumbre!.

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