jueves, 8 de noviembre de 2012

48.- "Pensar es hacer, y no hay hacer sin pensar"

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Citado en relación con el dicho: "No se ganó Zamora en una hora", traemos a colación esta máxima filosófica de Boulé, sobre la relación entre la teoría y la práctica: el pensamiento influye en la realidad y por eso tantas veces nos lamentamos de hacer algo o haber actuado tantas veces "a tontas y a locas", sin pensar.

 En estos tiempos en que consideramos a la Filosofía como una ciencia arcana, pasada, poco práctica, útil sólo a soñadores, románticos  y especuladores del pensamiento, no nos extrañamos, sin embargo, cuando mencionamos la propia "filosofía de la vida", adquirida a través de nuestra experiencia, por la cual defendemos o desechamos conceptos.

 De modo que sería iluso negar que nuestros propios pensamientos conforman día a día nuestra forma de actuar. Así que, aunque sea tan frecuente escuchar "dejémonos de filosofías" cuando queremos decir "dejémonos de demagogia" (del hablar por hablar, de la degeneración de la democracia mediante la práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular), practiquemos un poco más esta máxima y, ya que somos el   único animal racional, demostrémoslo: razonemos, pensemos.

 Pensemos, por ejemplo, los conductores, antes de salir de una zona de "ceda el paso" haciendo frenar al vehículo que viene por la vía principal y que no siempre puede dejarnos entrar; o a la hora de aparcar, utilizar el espacio que verdaderamente necesitamos, teniendo en cuenta que medio metro entre uno y otro pueden suponer la cabida de uno o hasta dos vehículos más.

 Pensemos también en el respeto a los espacios que son de todos, en su limpieza y conservación.

Pensemos, en fin, en no hacer a los demás lo que no queremos para nosotros. Se trata de solidaridad, de pensar en los demás ¿No os parece que nos beneficiaría a todos?

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    Y, como siempre, el consejo de una lectura sobre el tema: "Ética para Amador" de Fernando Savater.


En una palabra, entre todos los saberes posibles existe al menos uno imprescindible: el de que ciertas cosas nos convienen y otras no. No nos convienen ciertos alimentos ni nos convienen ciertos comportamientos ni ciertas actitudes. Me refiero, claro está , a que no nos convienen si queremos seguir viviendo. Si lo que uno quiere es reventar cuanto antes, beber lejía puede ser muy adecuado o también procurar rodearse del mayor número de enemigos posible. Pero de momento vamos a suponer que lo que preferimos es vivir: los respetables gustos del suicida los dejaremos por ahora de lado. De modo que ciertas cosas nos convienen y a lo que nos conviene solemos llamarlo «bueno» porque nos sienta bien; otras, en cambio, nos sientan pero que muy mal y a todo eso lo llamamos «malo». Saber lo que nos conviene, es decir: distinguir entre lo bueno y lo malo, es un conocimiento que todos intentamos adquirir —todos sin excepción— por la cuenta que nos trae.


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