viernes, 15 de noviembre de 2013

Refranes con emoticonos 2 (con soluciones)

Aquí va otra remesa encontrada en el blog de Luis Piedrahita "El ojo boquiabierto", aunque aquí , como hicimos con los del wasap, sí intentaremos dar las soluciones entre todos. :)

domingo, 3 de noviembre de 2013

Refranes con emoticonos en wasap-1

Como sabéis me encantan los refranes. Supongo que muchos habréis recibido este reto en vuestro móvil. ¿Cuántos habéis adivinado?

martes, 8 de octubre de 2013

Refranes, dichos, frases hechas: "En su haber"

Esta vez es el mundo de la contabilidad el que da origen a esta frase que utilizamos a menudo en expresiones como "tiene en su haber", "cuenta en su haber" y similares.



Y es que en estos libros, el contable organiza sus números en la listas DEBE (pagos o gastos) y HABER (ingresos). Si los números "cuadran", es decir, no se gasta más de lo que se gana, o existen beneficios porque la cantidad del haber es superior al debe, estamos ante una empresa rentable.

Así mismo se miden los actos de las personas y sus frutos, contando en su "haber" aquello que es considerado beneficioso para los demás, ya sean obras literarias o profesionales como inventos o acciones solidarias. De ahí que alguien sea acreedor a algún premio reconociendo sus méritos o deudor de algún favor o ayuda recibida.

Así lo acredita la definición haber2 de la RAE: 4. m. Cualidades positivas o méritos que se consideran en alguien o algo, en oposición a las malas cualidades o desventajas.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Refranes, dichos, frases hechas: "A salto de mata"

       "A salto de mata"
.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.
Teniendo como tienen un origen y significados distintos, el hecho de compartir el homófono "mata" ha hecho que este dicho y el de "a matacaballo" evolucionen en conjunto para significar más o menos lo mismo: ir atropelladamente, con prisas. Pero sabemos que el mata-caballo es verbo, mientras que las matas que se saltan en éste son pequeños arbustos.

Como ya vimos en "ir a matacaballo", las situaciones eran diferentes. En la una, el motivo de las prisas se debe a una urgencia, a la necesidad de cumplir un cometido urgente en el menor tiempo posible; mientras que el "ir a salto de mata" (en la http://rae.es  lo encontramos definido así: 1. m. Huida o escape por temor al castigo ) pasa en el lenguaje común de implicar una persecución a presentarse como una actitud ante la vida . ¡Vamos a verlo!

Nos imaginamos una liebre huyendo a través del campo perseguida por un cazador... saltando y sorteando los obstáculos en su huída como puede. ¿Lo tenemos? Pues así es como va también , literal o metafóricamente, la persona acosada, perseguida. Sin mirar por dónde va, tropezando, zigzagueando, 'como loca', sin más afán que ampliar la distancia y dejar atrás a su perseguidor.

Como decía, ese significado literal se da ya pocas veces, y hoy en día "va a salto de mata" quien no es capaz de centrarse. Una muestra acertada es la novela del mismo título de Paul Auster(1), quien hace en ella la biografía de sus  años más duros en los que entre trabajos varios, viajes, mudanzas, y estudios universitarios va asomando su vocación de escritor. A salto de mata constituye una crónica de la realidad de quien quiere verse libre de las ataduras laborales. Modo de vida que no es sólo una elección caprichosa, sino que constituye toda una forma de ser. En palabras del propio autor:

“Creía en mis capacidades, y sin embargo no tenía confianza en mi mismo. Era atrevido y tímido, ágil y torpe, resuelto e impulsivo: un monumento viviente al espíritu de la contradicción. Mi vida acababa de empezar y ya me movía en dos direcciones a la vez”.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.(1) es.wikipedia.org

lunes, 16 de septiembre de 2013

Salón de lectura.- Rosa Montero. "El corazón del tártaro"

Publicada en el 2001 por Espasa, "El corazón del tártaro" tiene de nuevo como protagonista a una mujer, pero de nuevo también está rodeada de figuras masculinas que marcan su trayectoria vital y el desarrollo de la trama.

En esta manera anárquica con la que voy leyendo -y releyendo- las obras de Rosa, me he encontrado en esta obra con paralelismos (pensé: "¡la pillé!") con la Historia del rey transparente que la autora publicara cuatro años después (Alfaguara, 2005) y es que ella misma reconoce en esta última el atractivo que el periodo medieval ejercía en ella, hasta que se decidió centrar en él una narración.

Pues bien, el paralelismo que encuentro está en la historia de los hermanos que se causan la muerte el uno al otro abrazándose, y en la figura del retrasado. Nada más... Cada una de las historias tiene su trayectoria independiente, pero me ha hecho gracia y he querido contarlo como anécdota.

Está claro que el escritor narra poniendo su espíritu en lo que cuenta y ahí se encierran convicciones, creencias, modos de pensar, vivencias y gustos que quedan reflejados en su obra; en fin, todo aquello que le da su impronta y características individuales, su genio, y es precisamente lo que atrapa, lo que le da interés a un autor frente a otros. Lo que caracteriza a Rosa.

Vamos a la obra: La protagonista, que trabaja para una editorial en la edición de un texto medieval, (de ahí las coincidencias de las que hablaba) tiene un pasado turbio del que no sólo quiere huir, sino del que ha conseguido abstraerse hasta el punto de no recordarlo. Pero el pasado vuelve con tal fuerza que puede destruir su presente, como un tártaro invasor, como un infierno dantesco, e incluso acabar con su propia existencia.

En un principio parece la huida la única solución, empezar de nuevo su vida de cero, como ya hiciera una vez. Pero forma parte de ella, irá a donde ella vaya, así que Zarza decide enfrentarse a él, limpiarlo de algún modo, tal vez borrarlo para siempre y luchar por terminar con ello o morir en el intento.

El enfrentamiento con la realidad nos va descubriendo sus circunstancias familiares, la tremenda figura del padre dictatorial, tal vez abusivo (una vez más), la madre siempre enferma, la unión con su hermano mellizo, con el que se evadía de una dura realidad para crearse después otra aún peor en su dependencia de "la blanca", su ternura protectora hacia su inteligente -aunque retrasado- hermano autista y su distanciamiento con su 'tradicional' hermana van conformando un regreso a un pasado al que hay que volver para limpiar desde las raíces.

La dura realidad de la droga, del submundo, frente a la vida 'normal' que había conseguido. La figura enorme, increíble, por su generosidad (¿por su necesidad de romper con su aislamiento, con su soledad?) de Urbano, el carpintero,  y el ir y venir de personajes secundarios que, una vez más, te atrapan hasta la última página conformando ese mundo duro, cruel, contra el que hay que luchar porque en eso, al fin y al cabo, consiste el vivir. Es la lucha por la vida y el hecho inexorable de la muerte, constantes que nos transmite Rosa obra a obra, y que, creo, aquí se simboliza en el cubo de Rubí, y una conclusión:

" [...] sólo había una cosa que supiera con total seguridad, y era que algún día moriría. Pero tal vez para entonces hubiera descubierto que, pese a todo, la vida merece la pena vivirse."


Una vez más, un placer leerla.



sábado, 14 de septiembre de 2013

¿Sabías que... un 14 de septiembre

- de 1580, nació Francisco de Quevedo, insigne escritor español de nuestro "Siglo de Oro"?

Representante del Conceptismo, su ironía, espíritu combativo y su gracejo dieron la inmortalidad a sus epigramas, poemas, obras teatrales y relatos como "El Buscón" y sus "Sueños y discursos".

Figura recientemente recuperada a través de Pérez-Reverte, Arturo (1996) en su obra El capitán Alatriste.

 
- de 1897, nació Eduardo Blanco Amor, escritor y periodista español, de origen gallego. Fue quien publicó los Seis poemas galegos (1935) de Lorca.
Muchas de sus obras narrativas (A Esmorga, Xente ao lonxe, Os biosbardos) se desarrollan en una ciudad ficticia, Auria, trasposición literaria de su Ourense natal. Los críticos han encontrado en sus ficciones ecos de autores como Valle-Inclán o Eça de Queiroz.

 - de 1920, nació Mario Benedetti, escritor uruguayo integrante de la Generación del 45, a la que pertenecen también Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti, entre otros. Su prolífica producción
literaria incluyó más de 80 libros, algunos de los cuales fueron traducidos a más de 20 idiomas.
En 1985 el cantautor Joan Manuel Serrat graba el disco El sur también existe sobre poemas de Benedetti, contando con su colaboración personal. Su voz recitando sus poemas fue grabada en varios casetes y cds en compañía de Daniel Viglietti o en solitario. También la argentina Nacha Guevara cantó sus poemas en el disco Nacha Guevara canta a Benedetti.

 - de 1321, falleció Dante Alighieri, poeta italiano de fama inmortal.

- de 2000, falleció Mauricio Wacquez, escritor y filósofo chileno perteneciente a la llamada generación de los novísimos.
Entre sus obras: Paréntesis (novela, 1975), finalista del Premio Barral 1974 y Epifanía de una sombra (novela, 2000), primera parte de una trilogía biográfica que no llegó a completar a pesar de reunir unas 800 páginas.





lunes, 2 de septiembre de 2013

Llega septiembre. Adiós vacaciones.

Queda un regusto de tiempo de descanso desaprovechado, cuando has estado sin vacaciones en realidad. Porque ¿a cuántos nos ha pasado -al no poder salir por la dichosa economía- que hemos aprovechado lo que los calores nos permitían para hacer cosas que en época de trabajo no se nos permite?
Desmontar armarios para limpiar, ordenar ropa y volverlos a montar... revisar todos esos papeles que guardamos sin saber por qué... quitar  trastos... en fin, ¡una paliza!.
Y se pasan las vacaciones sin enterarte y sin haber estado "tirado a la bartola" (por cierto, este dicho no lo he explicado :) ) y casi más cansado-a que cuando empezaron.
Bueno, veremos el aspecto positivo y ya podemos empezar a acumular y desordenar de nuevo . ¡Bienvenidos al curro!

lunes, 5 de agosto de 2013

Salón de lectura.- "Historia del Rey transparente", de Rosa Montero.

En esta obra, publicada en el 2005 por la editorial Alfaguara, nos encontramos envueltos en las andanzas de Leola, campesina inmersa en los avatares de la sociedad del s. XII, "sierva de la gleba", predeterminada por nacimiento y condenada sin esperanza a trabajar los campos para un señor feudal dueño de sus vidas y haciendas.
 
Época de enfrentamientos, guerrillas, asaltos, duelos, torneos... época de los hombres de hierro que, envueltos en sus más o menos brillantes y ricas armaduras, hacían de las suyas allá por donde pasaban, en defensa de un supuesto honor, que mantenían familias enfrentadas en sangrientos encuentros rutinarios mientras esquilmaban, dañaban y empobrecían a los que sin comerlo ni beberlo tuvieron la desdicha de nacer sin blasón, es decir, sin honra.
 
A Leola le quitan el novio, literalmente, al movilizar a sus parientes masculinos para una de esas luchas... Se queda sola y no se resigna, por lo que decide ir a buscarlo y ponerse la armadura de uno de los caballeros muertos que halla por el camino. De esa guisa, se interna en un mundo eminentemente masculino por el que sería imposible caminar como mujer. Jugando con acierto entre el papel masculino adoptado y el real.
 
Y sin embargo, se encuentra tremendas y poderosas mujeres como la bruja Nyneve, la noble Dhuoda, que tanta influencia tienen en nuestra protagonista, o la reina Leonor, madre del poderoso Ricardo Corazón de León y hasta la Eloísa de Abelardo...
 
La historia comienza por el final y condensa en esas primeras líneas lo que ha de ser su desarrollo:
 
Soy mujer y escribo. Soy plebeya y sé leer. Nací sierva y soy libre. He visto en mi vida cosas maravillosas. He hecho en mi vida cosas maravillosas. Durante algún tiempo, el mundo fue un milagro. Luego regresó la oscu­ridad. La pluma tiembla entre mis dedos cada vez que el ariete embiste contra la puerta. Un sólido portón de me­tal y madera que no tardará en hacerse trizas. Pesados y sudados hombres de hierro se amontonan en la entrada. Vienen a por nosotras. Las Buenas Mujeres rezan. Yo es­cribo. Es mi mayor victoria, mi conquista, el don del que me siento más orgullosa; y aunque las palabras están sien­do devoradas por el gran silencio, hoy constituyen mi única arma.
 
Y a través de sus peripecias, nos adentra Rosa en ese legendario mundo de Cruzados, Caballeros de la mesa redonda (o cuadrada, ¡qué mas da!), Inquisición, cátaros y... castillo de Montsegur.
 
Hay que ver qué casualidades y qué atractivo el de esos personajes que perecieron en la hoguera tras un feroz asedio por defender sus creencias. Y lo comento porque ya me había encontrado con esas "buenas mujeres" y "buenos hombres" en obras como "La sangre de los inocentes" de Julia Navarro, que también comenté en su día, o la "Brida" de Paulo Coelho, sin conocerlos históricamente más que de pasada.
 
Pues bien, y volviendo a lo que nos ocupa, una vez más Rosa Montero nos deleita con una estupendamente conseguida figura de mujer, en un estudio psicológico e histórico que capta desde el principio nuestra atención e interés, atrapándonos en la red de su lectura con una serie de personajes secundarios de gran fuerza, como puedan ser el tonto, el gigantesco, Caballero Oscuro -tratado con tanta ternura-, el duro e inflexible Maestro, el herrero León, o el retorcido Doctor Angelical, fray Angélico.
 
Interesante también ese Libro de las Palabras que escribe nuestra protagonista, con definiciones sin desperdicio:
 
"Esperanza: pequeña luz que se enciende en la oscuridad del miedo y la derrota, haciéndonos creer que hay una salida. Semilla que lanza al aire la sedienta planta en su último estertor, antes de sucumbir a la sequía. Resplandor azulado que anuncia el nuevo día en la interminable noche de tormenta. Deseo de vivir aunque la muerte exista."
 
Y por último, y bastante importante, ya que da título a la obra: la historia del rey transparente. Historia que condena a la muerte a quien se atreve siquiera a iniciar su relato, historia que solo conocemos completa al final, y aún así, inacabada, concluye con un acertijo.
 
En fin, de nuevo tengo que decir chapeau a mi admirada escritora y, desde luego, animarles a su lectura.
 

Refranes, dichos y sentencias.- 104- "Vale más que pesa"

 
Esta expresión, que utilizamos figuradamente como piropo para indicar que una persona "vale mucho" ( sin importar si es más o menos gruesa), para ensalzar sus méritos, fue utilizada en otros tiempos literalmente, es decir, se pesaba a la persona para convertir el resultado en monedas o especies que servían como compensación a la familia de un asesinado o como ofrenda a la Iglesia a cambio de favores, como la curación de un enfermo, solicitados principalmente por intercesión de un Santo.
Con este mismo sentido y explicación se dice también:
"Vale su peso en oro"

domingo, 14 de julio de 2013

Salón de lectura.- "La hija del caníbal" de Rosa Montero.

Puedo afirmar sin ninguna duda que el artista (el músico, el cantante, el pintor, el arquitecto, el alfarero... y todos los que quieran recordar) y, en este caso concreto, el escritor -la escritora- nacen con ese don... Si no lo tienen, ná q'asé, que dirían más abajo de Despeñaperros . Pero es que además, se hace, tiene que hacerse para pulir ese don y conseguir algo bueno. Y se lo dice a Udes. alguien que lleva casi tres años (eso, si no incluimos que la idea empezó en mi adolescencia con un relato que escribí a mano en unas páginas mecanografiadas por detrás para aprovechar el papel -aún no se llamaba reciclaje, más bien tacañería; pero lo era, seguro que sí-) que rescaté y que intento convertir en una novela decente.

¿Qué a qué llamo "decente"? No me lo pregunten: no lo sé. Supongo que estará lista cuando me vea conforme con ella en fondo y forma.

Bien, perdonen la digresión. Decía que el artista se hace, y que el acto de escribir no es tan sencillo como tener una idea y plasmarla en un papel. Y lo digo porque esta novela, "La hija del caníbal",  (debo reconocer que solo he caído ahora, al releerla, porque la primera vez 'pasé' de ello) empieza ya en el prólogo a tener interés. Y es que de repente Rosa te cuenta, como quien no hace la cosa, que para crear las memorias del anciano personaje compañero de la protagonista, de mote -taurino y guerrero- Fortuna, ha leído ni más ni menos que diez libros y un artículo. Lean, lean y cuenten por si he puesto de menos, porque de más, seguro que no.

Y es que así es como se hace una novela: con trabajo y esfuerzo.

Dicho esto, y añadiendo, como de pasada, la pasmosa facilidad con que Rosa Montero nos recrea biografías, ya sea en "La ridícula idea de no volver a verte", que ya comenté, como en "El amor de mi vida" y otros, que ya comentaré, vamos a la razón de esta reseña: "La hija del caníbal".

El resumen podemos verlo en muchos espacios (incluyendo ya la Wikipedia, que es donde me comprometí a ir poniendo estos comentarios):

Lucía Romero, escritora, se va de viaje a Viena con su esposo, Ramón, y éste desaparece en los urinarios del aeropuerto momentos antes de la salida. Aunque llama a la policía, se embarca o se ve obligada a embarcarse, en una sucesión de imprevistos y sucesos propios de novela negra que se ven aderezados por la brusca irrupción (intromisión) en su vida, de unos vecinos: un hombre demasiado joven para sus efectos y afectos, Adrián, y otro demasiado mayor , el octogenario Félix, apodado Fortuna o Fortunita, según el caso.

Pero no, ese puede ser el resumen del argumento, sí, pero no es eso lo que quiero plasmar aquí: sería demasiado superficial.

Quiero hablar de sensaciones, de conclusiones, de actos de la vida en los que me he visto reflejada y de remordimientos, prejuicios y formas de actuar en los que también... ¿Y cómo, si de ninguna manera me he visto envuelta en algo ni tan siquiera parecido? Pues en la riqueza y finura de matices y reflexiones de la protagonista, que unas veces en primera persona y otras en tercera, nos va acercando a una mujer absolutamente normal, anodina a veces, creativa en otras, despectiva, amorosa, pedante, tonta, inteligente... eso, una mujer normal, con la que no parece difícil identificarse. Y es que estoy de acuerdo cuando dice:

La vida, como diría Adrián, uno de los personajes de este libro, está llena de extrañas coincidencias.

Con finos rasgos humorísticos que me han hecho sonreír y hasta soltar la carcajada en ocasiones:

¿pero no sabes que los maridos siempre muestran una curiosa tendencia a volatilizarse cuando entran en los retretes públicos?

(...) antes de que las cosas pudieran aclararse el Caníbal ya había recibido un par de guantazos. Terminamos todos en comisaría. Creo que el Caníbal no me ha perdonado aquello todavía, aunque después se pasó muchos años repitiendo: «Esta chica ha salido como yo, va a ser actriz.» Pero también en eso se equivocó.

(...) De manera que el núcleo del erotismo de Lucía Romero, la base de su supuesto encanto, es un fragmento de carne renegrida y defectuosa, una equivocación de la epidermis, un cúmulo de células erróneas (...) 

Cáustica y dura en otras y hasta cruel, diría yo, en descripciones como -sin ir más lejos- las del principio, al hablar de las viejas viajeras, zascandiles, supersónicas,(...) ancianas volanderas en el aeropuerto; descrita una de ellas:
encajada en su silla (de ruedas) como una ostra en su concha y era una pizca de persona, una mínima momia de boca desdentada y ojos encapotados por el velo lluvioso de la edad.

E intercaladas a lo largo de la obra:

(...) pierde de repente a su marido en los urinarios de un aeropuerto y no tiene a nadie a quien recurrir. Qué drama tan ridículo, qué lugar tan desairado el de las mujeres abandonadas, viudas sin viudez, hembras que se desesperan esperando.

(...) cogí el teléfono y tecleé el primer número, que además se repetía varias veces:
—Hola, amor... Te estaba esperando... Estoy desnuda, y me he pintado los pezones de rojo para ti... —susurró una voz rasposa al otro lado.
Eran teléfonos eróticos. Ramón tenía un móvil clandestino para que le dijeran guarradas al oído.(...)


O reflexiones acerca de la vida del matrimonio:
 
Creo que esos momentos de ternura y compenetración (su juego protector encajando como en un rompecabezas con mi miedo) fueron lo más cercano a la pasión que Ramón y yo hemos vivido.

(La última vez que Ramón me había dicho «te quiero mucho» fue cuando le operaron del apéndice.)

Ahora comprendía por qué no me había separado de mi marido: aunque me aburriera con él, aunque me exasperara, Ramón era el aliento animal de mi guarida, el cobijo elemental del otro de tu especie, unos ojos que te ven y una presencia cómplice frente al terror de la intemperie, frente a ese mundo exterior lleno de tormentas, violentos huracanes y cataclismos.

De la mujer:

Lucía callaba demasiado, consentía demasiado, asentía demasiado; era asquerosamente femenina en su silencio público, mientras por dentro la frustración rugía. Lucía envidiaba a aquellas mujeres capaces de imponerse y de pelearse dialécticamente en el espacio exterior, siempre tan desolado. Como Rosa Montero, la escritora de color originaria de la Guinea española: era un tanto marisabidilla y a veces una autoritaria y una chillona, pero abría la boca la tal Rosa Montero (dientes deslumbrantes en su rostro redondo de luna negra) y la gente callaba y la escuchaba. Lucía hubiera deseado ser así, un poquito más animosa y más segura.

De la pérdida de atractivo:

(...) yo me teñía las canas de la cabeza, y me daba cremas reafirmantes en el pecho, y tenía celulitis en las nalgas, y por las noches, encerrada a cal y canto en el cuarto de baño, me quitaba los malditos dientes para lavarlos. ¿Alguna miseria más? Pues sí: manchitas en el dorso de las manos, el interior de los brazos pendulante, arrugas insufribles en el morro, las mejillas alicaídas y apagadas.

Y por si fuera poco lo dicho para demostrar que la novela no tiene desperdicio, los intervalos de acercamiento a la figura del anarquista, del anarquismo, y particularmente, de Durruti, personaje tan admirado por mi padre, que mientras le leía "Un millón de muertos" de José Mª. Gironella (tras la lectura, claro está, de "Los cipreses creen en Dios") escuchaba e iba intercalando comentarios, recordando anécdotas de sus propias vivencias durante la Guerra Civil española y esperaba con impaciencia que llegara el momento en que se hablara de él.

Como la propia Rosa Montero reconoce en sus escritos, tal vez haya páginas que se pudieran borrar de un plumazo sin que la historia perdiera -acaso, tal vez ganara- ritmo e interés. Es cierto. Pero les aseguro que no es mi admiración por la autora la que me lleva a decirles, tras esta segunda lectura (habrá más, seguro, porque las situaciones anímicas del lector nos llevan a obtener conclusiones distintas, a fijarnos en detalles no observados anteriormente que, cuando una obra nos gusta, nos lleva a releerla pasado un tiempo) que la obra es muy agradable e instructiva, y que el acercarse a ella será una sabia decisión.

lunes, 1 de julio de 2013

Apoyo en vuestros trabajos y estudios: mariannavarro.net

 
Durante estos meses de verano seguimos ofreciendo para alumnos y profesores de Letras, nuestras clases de apoyo, ayuda en trabajos y preparación de material (vídeos, presentaciones, unidades didácticas...) para vuestras clases.
También ayudamos a conocer mejor el uso y aplicaciones del ordenador y las Redes Sociales.
Más información http://mariannavarro.net

miércoles, 26 de junio de 2013

Expresiones comentadas: 103- "Haciendo el paripé"

Una expresión bastante frecuente cuando decimos que alguien hace las cosas por aparentar, por disimular, para que los demás crean que hace algo cuando en realidad no es así.

Entonces, por ejemplo, hace el paripé un profesor que no enseña, un político prometiendo lo que no va a cumplir, alguien que está disimulando, una persona que se muestra enfadada o afectada sin estarlo, solo por llamar la atención...

El caso es que somos conscientes de la falsedad y, según la confianza que tengamos, podemos decirle directamente: ¡deja de hacer el paripé!, o comentar con otros: está haciendo el paripé.

¿Y qué es el paripé? ¿De dónde viene?

¿Ya lo habéis pensado? ¡Claro! Recurrimos a nuestro amigo el diccionario:

paripé. (Del caló(1) paruipén, cambio, trueque).

1. m. coloq. Fingimiento, simulación o acto hipócrita.
hacer el ~.
1. loc. verb. coloq. Presumir, darse tono.
 
Y ya lo tenemos claro: el "paruipén" es el rito de la compraventa, del regateo en el mercado tradicional  propio de buhoneros(2) y chamarileros(3), del "dar gato por liebre" y hacer pasar como bueno algo que no lo es.
 
Interesante el descubrir estas relaciones en el origen de nuestras frases hechas ¿verdad? 
 
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
 
(1) caló. (Del caló caló, negro). 1. m. Lenguaje de los gitanos españoles.
 
(2) buhonero, ra. (Del ant. buhón, este de bufón1, y este de la onomat. buff, expresiva de la palabrería del buhonero para ensalzar su mercancía).
1. m. y f. Persona que lleva o vende cosas de buhonería.
2. m. y f. Ven. Vendedor ambulante.
 
(3) chamarilero, ra. (Etimología -origen- discutida, quizá del antiguo chambariles, instrumentos de zapatero).
1. m. y f. Persona que se dedica a comprar y vender objetos de lance y trastos viejos.
 

 

lunes, 24 de junio de 2013

¡Qué solos se quedan los vivos!. Crónica de una despedida (2)


Está rabioso con el destino que le ha tratado tan mal,  que le ha dejado sin su apoyo, sin mamá, y teniendo que depender de nosotros casi para todo. Por ello durante todo el viaje, llorando unas veces, riendo otras, emocionado siempre... no paró de hablar de ella, de sus recuerdos, de sus ilusiones, de sus momentos compartidos. Y yo escuchaba en silencio, compartiendo. Recordando cosas ya sabidas, descubriendo otras, corroborando la certeza de ese amor, peculiar y a veces aborrecible para mí (recordando la imagen de la mujer sumisa sometida al esposo) y, al mismo tiempo, envidiando el no haberlo podido tener, sufriendo en mí misma las consecuencias de una pareja rota.

  Llegamos al pueblo a las 7 de la tarde. Un viaje largo y fatigoso a pesar de las pausas para estirar las piernas, comer… en fin, más de siete horas. No obstante, cuando llegábamos, me pidió si podíamos acercarnos al cementerio “a ver a mamá”. Naturalmente, la reja estaba cerrada. Aun así habló con ella:

- " Hola, chiquitica, ya estamos aquí. Tú que puedes, mira mucho por nosotros”.

Y rezó, moviendo los labios pero en silencio, mirando sin ver en dirección al interior, donde ella reposa, con las manos apretadas a la reja.

 Yo no podía rezar. Sólo esperaba y me sentía en ese momento como una extraña cuya presencia interfiere en una íntima escena de amor.

Cuando dijo: "Vamos, mira los horarios para ver cuándo podemos venir mañana", le ofrecí mi brazo y volví a ser su lazarillo.

  Entramos de nuevo en el coche, en silencio. Mientras bajábamos la empinada cuesta de camino al pueblo musitó:
 
 - "Dios mío, qué solos se quedan los muertos".
 
 -         ¡Qué solos se quedan los vivos!, pensé yo.

  Fuimos a ver a los amigos que nos ofrecían albergue por esa noche. Inevitable hablar de mamá. Era su pueblo, su gente. Cumpliendo su deseo de reposar en su tierra, junto a sus padres, la llevamos allí. No habíamos vuelto desde ese día. El pueblo entero que conoció la noticia estuvo allí. Su pueblo, su gente. También nuestro por ser de ella. Sabiendo que cada saludo era a su vez una despedida. Sabiendo que vendiendo la casa cortábamos todo vínculo. Pero la casa ya no tiene sentido sin ella.

 Pasamos a verla. Se lo pedí yo. No quise entrar y verla vacía. Pero quería despedirme de "mi playiya”, donde tantas cosas se guardan de mi  adolescencia, de juegos con mis hijos, de estancias plagadas de amorosos detalles en los que ella nos preparaba aquellos platos que sabía que nos gustaban, en que me dejaba dormir lo que quisiera y descargarme de tareas  

 - “Descansa, que eres dormilona. Échate una siesta. No te preocupes, ya lo hago yo”.

 Al día siguiente, antes de las 9, hora de apertura del cementerio según constaba en el tablón, estábamos de nuevo ante la verja, ya abierta de par en par. Guié a papá ante la lápida y esta vez –quizás, si se dio cuenta, no lo entendió; aunque no me pidió explicación- le dejé solo... Me aparté unos pasos recordando imágenes de mamá y de ellos dos juntos, con el corazón oprimido por algo indefinible que no quise manifestar para no incrementar su dolor.

 Escenas que se quedan grabadas una vez que ya tienes “luces” para entenderlo. Como ese día, después de una comida familiar, en el que estábamos sentados ante la televisión en el cuarto de estar. Papá extiende la mano y toca la de mi madre.
 
– Tienes las manos frías.
 
Al no haber contestación -“¿Está dormida?”-, pregunta. Y al responderle que sí, se levanta y vuelve al cabo de un momento con una bata para taparla con un  mimo y un cuidado que sólo el verdadero cariño provoca…

 De nuevo un "¡Vamos!" y un "Adiós, chiquitica" dirigido en dirección a los nichos, mientras se agarraba de mi brazo.

  Y así iniciamos el viaje hacia donde nos esperaban el comprador y el notario: un pueblo cercano  donde papá vivió con sus padres y hermanos hasta que “voló” para seguir su carrera y formó su nueva familia cuando se casó. Yo, por el camino, solo escuchaba lo que él quería contar... era "su" viaje, su despedida, su duelo. Iba dispuesta a retrasar el regreso un día más para que pudiera descansar. Pero una vez terminados los trámites quería volver "a casa" y retomamos el viaje de vuelta, repleto una vez más de anécdotas de nuestra niñez, de su noviazgo, nuestros nacimientos, de canciones que a ella le gustaban... de poemas que él le hizo y que me quería cantar y recitar, pero que eran interrumpidos por los sollozos.

 Cuando le dejé en casa de mi hermana y mi cuñado -con quienes vive cotidianamente aunque pasa temporadas con nosotros- , y se fue a acostar (después de besarme y darme las gracias), volví a mi casa. Nada pude repasar... tal era el cansancio que sentía. Apenas comenté un par de cosas con mis hijos y me fui a dormir.

 Ha sido al día siguiente, cuando escribí un boceto del relato, y ahora, en que he necesitado este desahogo porque se encuentra mal y nos preocupa su estado, cuando se me ha venido encima toda la carga emocional...

  Agradezco la oportunidad de este viaje. Agradezco haber podido compartir tan íntimamente tantas horas con papá. Mi padre, el bastión familiar, el cabeza de familia autoritario y protector, mi hombre-modelo desde niña. A quien he admirado, respetado y querido no sólo por ser mi padre, no: por ser “persona”, por su saber estar, por su hambre de cultura, por su sentido del deber, por su amor a mamá y a sus hijos... por tantas y tantas cosas compartidas con él.

 Pasado un tiempo le leí el esbozo: Se emocionó. Quería que supiera que le quiero, y que llegado el momento de tener que decirle adiós no pasara como con mi madre, a la que tantas cosas hubiera querido decir y no pude.

 Papá, espero haber podido transmitírtelo y lo lleves contigo como ya lo llevo yo.

 A él va dedicado este relato. Ahora tiene 84 años. 

Madrid, a 6 de Marzo de 2010.

           El viaje se hizo en 2006. Murió en mi casa, dormido, justo en la misma fecha del escrito, dos años después. Pudo saber lo que le quería, con hechos y palabras, y eso me reconforta.

¡Qué solos se quedan los vivos!: Crónica de una despedida.(1)

Así titulé el escrito que dediqué a mi padre, del que integro un párrafo dentro del comentario a "La ridícula idea de no volver a verte", de Rosa Montero. Creo que es de honor compartirlo en su totalidad, imagino que por su extensión ocupará varias entradas. Pretendía ser un desahogo íntimo (muchas veces, escribir ayuda a expulsar sentimientos que te ahogan y que por diversos motivos no sabes expresar de otro modo). Así que aquí queda este homenaje a ti, papá. Allá donde estés, sigues aquí. Te quise y te quiero mucho.

Tiene 78 años, y el pelo blanco, muy blanco. Los ojos blanquecinos por la catarata que no vale la pena operar. Llegaron a meterle en quirófano, pero una vez allí, y ya dormido, el oftalmólogo vio tan dañados los ojos que no quiso tocarlo. Una prueba más en la vida, otra ilusión perdida… ¡con lo que le costó tomar la decisión de operarse!. Cuenta que una bomba en la guerra civil, cuando él tenía tan solo 10 años, explotó tan cerca que le provocó un derrame.

Nunca quisieron hablar de ello. Retazos de conversaciones, comentarios aquí y allá fueron reconstruyendo esa terrible época. 
 
 ¡Dichosa guerra!. Ocho hermanos, siete varones y una chica, quedaron solos con su madre, casi en la calle. Hasta los colchones les quitaron. A la llegada de los “nacionales” (les había tocado en zona “roja”, sin saber por qué -como a tantos y tantos españoles que de repente eran enemigos de guerra por culpa de una imaginaria línea divisoria-, acusaron a su padre, mi abuelo, que aparece en la foto de boda de papá y mamá con un parecido impresionante a la apariencia que tiene su hijo ahora (cara diminuta de tan enjuta, rapado pelo blanco al estilo militar, erguido, esbelto aun a su edad y con una orgullosa sonrisa de dientes postizos -o sin dientes, quizás- y de hombre “bueno” en el sentido machadiano), le acusaron, digo, de no-sé-qué-historias por ser carabinero y acabó en la cárcel mientras que sus hijos y su mujer comían cáscara de patatas y guisos, naturalmente, sin aceite. 
 
 Anécdotas que la pátina del tiempo se encarga de suavizar y comentarios que ayudan a saber lo inmisericorde que puede llegar a ser una guerra. Recuerdo que un día mamá olvidó poner aceite en un guiso y papá le comentó: “Sabe igual que el que hacía mi madre”. Y entonces fue cuando se dio cuenta del ingrediente que faltaba, comentando luego: “claro, qué aceite iba a poner la pobre mía…”.
Nunca vio bien. Sus gafas de “culo de vaso” con esos círculos concéntricos que hacían ver unos ojos  diminutos en el centro, han ido con él siempre. Así le recuerdo desde niña. La pérdida gradual de visión, el acercarse el papel a la nariz para poder ver, lector impenitente, hasta que ya no pudo leer más. Jamás en vida de mamá llegó a reconocer que no veía. Incluso ahora sigue diciendo que ve. Sombras… pero que ve. No es cierto. No nos distingue a no ser que le saludemos. Pero es una reacción muy propia de quien no quiere verse desvalido, de quien no quiere molestar ni depender de los demás. Del ser independiente, orgulloso y autosuficiente que ha sido siempre.
  Ahora las arrugas lógicas del tiempo que se han acumulado por la vida, se han acelerado notoriamente desde hace un año hasta esta parte. Desde que murió mamá: su compañera desde hacía 59 años, su lazarillo y razón de vivir.

 
 Desde entonces todo su afán es cerrar capítulos. Completar todo lo que dejó preparado para ella, para cuando él faltase (jamás pensó ni remotamente que ella se iría antes que él) y pasarlo a sus hijos "tal y como ella hubiera dispuesto".
 ¡Se fue tan inesperadamente!. El terrible atentado en la estación de Atocha el día 21 de Marzo de 2004. La inconcebible masacre de inocentes. El revuelo. La tensión por no saber de nosotros, los  hijos que tomábamos ese tren, hasta bien entrada la mañana…
 Su corazón no resistió, y el día 23 de Marzo de 2004, sentada en su sillón del tresillo del cuarto de estar, frente a la tele, con los pies en alto en su escabel, esperando la llegada de mi hermano soltero, se quedó dormida para siempre. Papá, a su lado, en el sillón gemelo, escuchaba más que veía el noticiario de las tres. No notó nada. No oyó nada. Simplemente su corazón dejó de latir. Se fue y nos dejó ese enorme vacío de las despedidas incompletas, la impotencia del hecho consumado sin posibilidad de vuelta atrás, de las cosas que hubiéramos hecho o dicho y dejamos de hacer o decir porque parece que siempre habrá tiempo, o simplemente porque la rutina cotidiana obliga a pensar antes en cuestiones del día a día. Y te fuiste, mamá. Y el vacío que dejaste fue enorme, enorme.

Para solucionar esos asuntos, me pidió que le acompañara. He ido de viaje con él. Dos días intensos, lunes y martes, en coche. Íbamos a cerrar otro capítulo: la venta del piso en el pueblo donde tantos recuerdos se han amontonado. Donde pasaban los meses “buenos”, de abril a septiembre y donde íbamos invariablemente en las vacaciones de verano a pasar unos días con nuestros hijos, sus nietos. Los muebles y enseres indispensables, el mar, que se veía desde nuestro asiento en la mesa, y sobre todo, sus cuidados, sus guisos… ¡Ya no tenía sentido sin ella!
 
Papá en su 86 cumpleaños, un año antes de dejarnos.
  Jamás había hablado tanto con él, y sin embargo he sido, creo, la que más lo ha hecho. He sentido siempre algo especial por él. Ya desde niña, cuando cruzaba la calle al verle llegar, sin mirar, loca por abrazarle. Cuando tenía que regañarme por hacerlo a pesar de su satisfacción y su ternura ante esa muestra de cariño. Este viaje me ha dejado tal carga emocional que me pasé el miércoles llorando. Pero agradezco la oportunidad de haberlo podido hacer. Mi padre, el bastión familiar, el cabeza de familia autoritario y protector, mi hombre-modelo desde pequeña, a quien he admirado, respetado y querido no por ser mi padre, no: por ser “persona”, por su saber estar, por su ansia de saber, el respeto a la cultura, por su sentido del deber, por su amor a mamá... por tantas y tantas cosas compartidas con él cuando mamá cayó enferma tras el parto de mi hermano pequeño, cuando los médicos no daban con lo que tenía y ella se debilitaba poco a poco pasando tantas temporadas en el hospital que el "nene", como le llamábamos los mayores, con su media lengua le decía cada vez que los veía salir : "Un beso mamá, pero la maleta no la lleves ¿no?"

 
 Cinco hermanos. Yo, la segunda en orden de nacimiento y primera chica, tenía 9 años. Papá me enseñó a cocinar (¡ay! esos despistes de las judías con chorizo sin chorizo o esas patatas con carne sin refrito). Me ayudó en mis deberes escolares (nunca quiso que dejáramos de estudiar) y en el hospital pidió a mamá que le enseñara a hacer un festón y un ojal para que yo lo pudiera presentar en mis deberes del Instituto. Aún guardo ese cuadernito de cartulina azul con cuadritos de batista blanca envueltos en papel transparente donde lucen mis vainicas simples y dobles, mis puntos de cruz, el festón ondulado y el ojal con su correspondiente botón...
 
Recuerdo, al levantarnos, los bocadillos preparados con esmero por papá antes de salir a su trabajo, en riguroso orden de tamaño por edad, para que así supiéramos cada uno cuál era el nuestro, cuidadosamente envueltos en papel de periódico. Las charlas y comentarios durante la comida en la que, también por riguroso orden de edad, cada uno contábamos nuestras anécdotas del día... El verle llorar detrás de cualquier rincón, a escondidas, cuando pasaba algo ante lo que se veía impotente. Como aquella vez que estuvimos a punto de provocar un incendio porque se retrasó – del trabajo iba al hospital a estar con mamá- y hacía tanto frío que nos atrevimos a intentar encender la estufa de leña sin haber abierto el tiro para la salida de humos.  Esas llamas ruidosas y amenazadoras… Los cinco, de 3 a 13 años, aterrados. Salimos corriendo a buscar ayuda, que nos dio el señor Julián, el amable portero.
 
Todo estaba bien ya cuando papá regresó. Pero llorando y entre hipidos, hablando todos a la vez a su alrededor, desahogamos nuestra terrible impresión. Cuando se fue el portero, nos quedamos en silencio, sentados ante la tele, esperando. Sólo al verle aparecer volvieron las cosas a su ser.
 Recuerdo también el sentarnos a hacer los deberes mientras él atendía papeles o leía el periódico para que pudiéramos preguntarle cualquier duda. Invariablemente nos hacía recurrir a la enorme enciclopedia de dos tomos, verde, que nos certificaba si lo explicado era correcto o qué más podíamos aprender acerca de ello. Hermosa costumbre que los hijos hemos mantenido con los nuestros, con sus nietos.
 
Fue un chico despierto en el colegio. La posguerra y la falta de recursos hacían imposible una mayor formación cultural. En todo tiempo fue autodidacta, lo que no impidió que, al poder entrar en el ejército gracias a la recomendación del curita del pueblo (su hermano el mayor, Antonio, murió en el exilio, y los dos siguientes vieron cerrado ese camino por ser “hijos de rojo”), pudiera ir ascendiendo como “chusquero”, es decir, por años de escalafón y tras los cursos en la Academia que correspondiese (que significaban temporadas ausente), los enormes listados aprendidos de memoria de ríos, montes, poblaciones, que le ayudábamos a repasar “tomándole examen”, los mapas mudos…
Y luego, el traslado, el cambio de destino obligatorio entre los sitios vacantes hasta que se diera la posibilidad de elegir. Todo esto, no impidió, decía, que enseñara a otros que hicieron la “mili” con él. Así, nuestro “tito Oliva”, llamado así por ser personaje más presente en nuestras vidas que nuestros propios tíos, aprendió a leer y los conocimientos básicos suficientes para poder ascender y dedicarse también a la carrera militar. Siempre orgulloso de ser amigo de papá, de ser nuestro “tito” (mi primer regalo fue el suyo: un sonajero. Y aún mejor, el juego de pluma y bolígrafo al terminar mi carrera y llevar a sus hijos al centro donde yo enseñaba para presumir con orgullo de que fuera yo su profesora).
Más adelante pedían estudios oficiales para poder seguir ascendiendo y, sin ningún reparo, hizo el Bachillerato elemental y luego el superior apoyándose en nosotros, en nuestras explicaciones, compartiendo clases con niños y adolescentes.
 
Ahora, ciego, se ve impotente, resuelto una vez más a no dejarse vencer ni verse desvalido, pero con miedo. No quiere molestar, pero lo hace, se pone y nos pone en riesgos.
 
Estando yo descargando el coche, sacando cosas del maletero, papá pidió que le diera algún bulto, y mientras yo estaba terminando de sacar otros, veo que echa a andar por la misma carretera, sin darse cuenta de que un coche torcía la esquina.

 
- ¡Papá! , le grité asustadísima.
 

Dejé todo tal cual y me acerqué a él con la intención de colocarle en la acera.
- ¡No hagas eso nunca más!, le reprendí como a un niño.

 
- ¡A mí no me grites!, se revolvió. ¡No sé a quién crees que le hablas, con esos modos!
 
En un intento de distender la situación bromeando, le dije, sonriendo:
 
- ¡A quién me pareceré!
 
- ¡Pero tú eres una mujer! –respondió.
 
- ¡Vaya, hombre! ¿Y por ser mujer…?
 
Lo dejé así. Difícil cambiar convicciones de toda una vida y menos discutir sobre ellas en una situación semejante.
 
No se da cuenta de que con esa actitud no deja que le devolvamos la mitad de lo que por nosotros hizo. Y creo que le entiendo. Siendo lo que ha sido y viéndole como le veo comprendo perfectamente su rebelión. Estoy convencida de que no querría verme en su situación.

 
(Continúa)

 

miércoles, 19 de junio de 2013

Expresiones comentadas: 101- "Hacer los ojos chiribitas"

       "Hacer los ojos chiribitas"
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 ¿Alguien no ha oído o dicho en alguna ocasión una expresión similar a: "Mírale, le hacen los ojos chiribitas"?

Como de costumbre, buscamos la ayuda de nuestro amigo el Diccionario de la RAE, y vemos:

chiribita .- En su significado 4. f. pl. coloq. Partículas que, vagando en el interior de los ojos, ofuscan la vista.

 

echar chiribitas. 1. loc. verb. coloq. echar chispas (1).

 hacer, o hacerle, a alguien chiribitas los ojos.

 1. locs. verbs. Ver, por efecto de un golpe y por breve tiempo, multitud de chispas movibles delante de los ojos.

2. locs. verbs. Expresar en la mirada la ilusión de que algo deseado va a suceder pronto.

 Y es que ante una emoción, los ojos se humedecen por reacción natural. Entonces reflejan la luz y brillan como chispeando (sí, como cuando lleve en pequeñas dosis o iluminándose con chispas).

Vemos en la definición que si el motivo es el enfado usamos el echar chispas, como rescoldos en una hoguera, mientras que si es motivado por una ilusión o alegría, es entonces cuando le hacen los ojos chiribitas y se iluminan como minúsculos fuegos artificiales.

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 (1).- chispa. (Voz onomatopéyica).

1. f. Partícula encendida que salta de la lumbre, del hierro herido por el pedernal, etc.

2. f. Gota de lluvia menuda y escasa.

3. f. Partícula de cualquier cosa. No le dieron ni una chispa de pan. Saltó de la sartén una chispa de aceite.

4. f. Porción mínima de algo. U. m. con neg. No corre una chispa de aire.

lunes, 17 de junio de 2013

Salón de lectura.- "La ridícula idea de no volver a verte"


“La ridícula idea de no volver a verte”. Rosa Montero. 
Prometí a Rosa Montero, cuando la saludé en la Feria del Libro de Madrid, que comentaría sus obras en Wikipedia. Yo era una más entre la multitud de fans que, estoy segura, la saludan con alguna frase como: “yo soy fulanito-a que la saludé en…, que la sigo en…” pretendiendo que ella (con la que llama su “memoria de mosquito”) recuerde pormenorizadamente a tantos y tantos de quienes la seguimos. Así la saludé yo, es inevitable:

-Yo soy la lectora “anárquica” que comentó su “Lágrimas en la lluvia”.

-Ah, sí, ¡qué gracia! –tuvo la amabilidad de comentar con una sonrisa mientras me escribía una tierna dedicatoria en la que incluyó lo de "anárquica"...

Soy consciente de que ella es UNA; yo, una más que intentaba con esa presentación salir del anonimato para lograr una mayor cercanía. Innecesario; porque ella es cercana, porque escribe tal y como es, y es tal y como escribe. Y aunque se confiese tímida para referirse a sí misma en sus escritos, yo diría que en toda su obra está ella misma. No lo puedo describir de otra forma.

Me dedicó “El amor de mi vida”, que voy leyendo a retazos porque, como ella también reconoce, me he acostumbrado al libro electrónico que tanto peso –literal- nos quita. Y como, además, mis libros de “recreo” los leo de noche, en la cama, antes de dormir; sin duda se agradece mucho más. Así que voy leyendo los capítulos… bueno, eso lo dejo para cuando comente el libro.

El caso es que soy de las que cumplo. Así que cuando quise ponerme a la tarea de hacer los referidos comentarios, y aunque he leído casi todos sus libros, pensé que el “casi” no valía y que era mejor empezar por el final, ya que tendré que releer los conocidos – lo que sin duda será un placer- y leer los que por un motivo u otro nunca han llegado a mis manos lectoras.

Y, claro, para empezar por el final debía comenzar por éste.

Vale, ya lo he leído. Y ahora ¿cómo empiezo su comentario?

Lo más fácil es usar sus propias palabras:

“No todo es horrible en la muerte, aunque parezca mentira (me asombro al escucharme decir esto).
Pero éste no es un libro sobre la muerte.”

Y es cierto: es un libro sobre el duelo, la ausencia, la difícil maniobra de rellenar el increíble, profundo, abismal espacio que deja la muerte, esperada o no. Es un libro sobre los vivos.

En una ocasión, tras un viaje que hice con mi padre, recientemente viudo, tan afectado por la súbita e inesperada muerte de mi madre dos días después del atentado de Atocha (es decir, el 13-M del 2004), cuyos efectos provocaron un infarto masivo; escribí –me desahogué- sobre lo que supuso para mí el viaje que hicimos él y yo a Almería, al pueblecito donde ella nació y donde quería reposar con sus padres, y escribo:

Llegamos al pueblo a las 7 de la tarde. Un viaje largo y fatigoso a pesar de las pausas para estirar las piernas, comer… en fin, más de siete horas. No obstante, cuando llegábamos, me pidió si podíamos acercarnos al cementerio “a ver a mamá”. Naturalmente, la reja estaba cerrada. Aun así habló con ella:
- " Hola, chiquitica, ya estamos aquí. Tú que puedes, mira mucho por nosotros”.
Y rezó, moviendo los labios pero en silencio, mirando sin ver (estaba ciego) en dirección al interior, donde ella reposa, con las manos apretadas a la reja.
  Yo no podía rezar. Sólo esperaba y me sentía en ese momento como una extraña cuya presencia interfiere en una íntima escena de amor.
Cuando dijo: "Vamos, mira los horarios para ver cuándo podemos venir mañana", le ofrecí mi brazo y volví a ser su lazarillo.
   Entramos de nuevo en el coche, en silencio. Mientras bajábamos la empinada cuesta de camino al pueblo musitó:
-           "Dios mío, qué solos se quedan los muertos".
-           ¡Qué solos se quedan los vivos!, pensé yo.

 Y es sobre esto –ni más ni menos- sobre lo que trata “La ridícula idea de no volver a verte”. Marie Curie es un pretexto, una excusa para ir dando pinceladas sobre su propio dolor, la soledad del que queda vivo, la imposibilidad de que ese tiempo “que todo lo cura” cure de verdad. Suaviza, matiza, pone parches… pero el dolor sigue ahí, y aunque la vida te empuje, te ilusione, te haga reír inesperadamente, está permanentemente dispuesto a salir ante un objeto, un paisaje, un algo –cualquier cosa- que te lo vuelve a traer, añorándolo.

Por otra parte hay una estupenda y laboriosamente trabajada biografía, un minucioso análisis de una admirada figura de mujer, y unas pinceladas aquí y allá de un alma en carne viva, de un dolor patente y latente que podemos comprender perfectamente quienes hemos pasado -pasamos todavía (mi padre falleció hace un año)- por la pérdida de alguien muy querido.

No quiero -en realidad es mejor decir “no puedo”- comentar más. Si esto no te invita a leerlo, será que no es la ocasión. Cuando llegue, sin duda te sentirás reflejado en ella.